El lugar está bien documentado desde el siglo XI. Hacia el año 1042 el rey Ramiro I puso bajo el gobierno del obispo García I el Monasterio de Sasabe, en Borau, con todas las posesiones que el viejo cenobio tenía por esta comarca, entre las cuales consta una heredad en Abagi (pergam. 4 del Arch. Cat Jaca).
Dieciseis años después, 1058, el senior (señor) Atón de Abay dio al monasterio pinatense 5 sueldos de plata (argénteos) por su alma, y con esa cantidad el prior de San Sebastián dom Galindo compró un campo en Agüero. Por esta primera donación de ese señor de Abay ha existido hasta nuestros días una capilla en la iglesia de este pueblo bajo la invocación de los santos Fabián y Sebastián.
En 1063, la iglesia de Abay fue una de las 13 existentes en el territorio jacetano entonces donadas a su catedral por el monarca Ramiro I. Desde esa fecha, esta iglesia siempre estuvo vinculada a dicha Catedral y sus curas-vicarios serán presentados y pagados hasta el pasado siglo, por los deanes del Cabildo.
A la muerte de ese señor de Abay, Don Atón, las casas que tenía Abay, junto con sus tierras y viñas, pasaron a manos del conde Sancho Galíndez, fundador de la iglesia románica de Santa María de Iguácel (1071) el cual, en sus testamentos de 1063 y 1080, las dejó para Iguácel ya para San Juan de la Peña, además de un majuelo situado entre Arnasso y Abagi, unas tierras y viñas más otro majuelo mayor que había plantado en Carlone o Karlone, término de Abay (col. Ibarra II, 3 y 135).
En el año 1130, una de esas casas de Abay que primero fueron del señor Atón y, después, del Conde Sancho Galíndez, fue donada a Lope Sanz de Banaos (Banaguás) por el abad pinatense Garsías con la condición de pagar la décima al prior, que tenía capilla en San Sebastián en la iglesia de Abay. El año 1130 fue "aquel en que el rey don Alfonso (el Batallador) hizo galeras y naves en Bayona" de Francia, (Libro Gótico pinat. extrac. 632). Sabemos que la iglesia de Abay, aneja desde un principio a la catedral, cobrada en 1208, 7 cahices de trigo limpio, a medida de Jaca, pagados por su arcediano respectivo, que era el llamado arcediano de Sasabe, después de Labrés. (Libro de la Cadena de Jaca, folio 88 v.o.).
Por esos datos fidedignos se deduce que la iglesia parroquial de Abay existía con anterioridad al año 1063 en que fue donada a la catedral. Hoy día conserva lo más sustancial de aquel arte románico primitivo. Sus formas son sencillas, apenas tiene escultura. Consta de una nave rectangular con acceso en el lado poniente y ábside circular a sol saliente.
Además de este principal, presenta otro ábside menor en el lado de la epístola; es de la misma factura que el mayor con arco triunfal de entrada y cierre en bovedilla de horno. Este ábside epistolar , del mismo estilo que el de la única nave y paralelo al mismo, es un caso en nuestras viejas iglesias. Tal vez sirviera al principio de sagrario para guardar la Eucaristía y reliquias de santos y para culto de la Virgen, como sucedía con el mismo ábside lateral de la catedral jaquesa. Los vanos del templo son lisos, aspillerados, sin rasgadura exterior, otros con doble derrame. En ninguno de esos ventanales aparece la escultura de columnas y capiteles que enmarcan y adornan los ventanales catedralicios.
AMPLIACION.- La obra renacentista, frecuente en nuestras iglesias lleva fecha de 1575 en el frontis de la actual puerta de entrada.
Fue entonces cuando siguiendo la moda del tiempo, perforaron los muros maestros para cobijar capillas laterales, resultando dos nuevas navecillas que agrandaron la fábrica eclesial.

Titular de la iglesia fue siempre el apóstol San Andrés, cuya talla actual de estilo barroco, ocupa el centro del retablo mayor.
Rector de la parroquia era el Dean de Jaca que presentaba y pagaba al cura-vicario. Tal dependencia venía desde la donación de Ramiro I (1603). En 1620, el cura-vicario cobraba 4 y 1/2 cahices de trigo limpio y 3 de trigo mestura, mezclado. También participada en los diezmos de corderos, lana, pollos, queso, cáñamo, más las limosnas de pie de altar. Aunque las aportaciones estaban algo disminuidas, todavia valían unas 50 libras jaquesas.
En la ampliación del siglo XVI se pusieron tres capillas con sus respectivas advocaciones que antes estaban en la nave central. La capilla del Cristo que se alumbraba de limosnas; la del mentado San Sebastián con San Fabián, sostenida también con limosnas, y la de la Magalena, alumbrada en días festivos.
1. La Ermita de la Asunción de nuestra Señora, situada en medio del lugar, lo que prueba que en 1620 había en su entorno otras casas habitadas.
Una cofradía asuncionista alumbraba la capilla mariana con aceite y, sobre todo,
con la cera que daba un abejar de su propiedad. En ella se decía misa todos los sábados por ser día clásico de culto mariano.
La fábrica fue reformada y ampliada a mediados del siglo XVIII y parece que se le añadieron materiales traídos de otros santuarios arruinados.
De sus paredes cuelgan 4 excelentes pinturas en tabla. Algunos han creído que eran de Goya; parecen mejor de su cuñado Fray Manuel Bayeu, quien se hospedó en casa del dean de Jaca cuando pintó los muros del nuevo ábside catedralicio (1792). Como el deán seguía figurando de rector titular de la parroquia de Abay, es los más probable que esos cuadros fueran pintados por Fr. Manuel -o por sus hermanos pintores Ramón y Francisco- destinados a esa ermita de Abay, propia del deanato.
2. La ermita de Santa Columba, de la que en 1620 sólo quedaban los cimientos y una cruz fija de madera, a donde se iba en procesión un día de las letinas (rogativas).
3. La ermita de los santos Cosme y Damián (despues Sancós); estaba en la pardina de su nombre, propiedad del Cabildo; pero que la llevaba en arriendo el pueblo de Abay. En 1620 la iglesia seguía en pie con su retablo, aunque no se decía misa por estar cerrada. A ella se iba procesionalmente el día de los santos médicos y mártires. El diezmo de esta pardina lo cobraba el cabildo propietario y la primicia el pueblo arrendatario.
La ermita de Nuestra Señora de Arnasillo.
En 1620 sólo quedaban los cimientos y una cruz de madera en donde se iba en procesión otro día de las letanías. La pardina de Arnasillo era entonces propiedad de la ciudad de Jaca, aunque cobraba sus diezmos y la primica era para la iglesia del pueblo de donde salía la reja, es decir, del que salía el arriendo.
De estas dos pardinas, San Cos (Cosme) y Arnasillo daba cuenta el cura-vicario de Abay, porque estaban cercanas a esta parroquia y porque generalmente las labraban sus feligreses.
Ello explicaría porque la presunta imagen de Santa María de Arnasillo, de estilo románico, se salvara en Abay. Primero en casa de algún antepasado que cultivó la finca y, ultimamente, en la iglesia parroquial. La talla es notable, y está bien conservada, pero le sobran los modernos repintados.
Aparte del culto dominical, días festivos y procesiones anotadas, que venían de lejanos tiempos, había en Abay muchos aniversarios y misas de fundaciones particulares. Los aniversarios sufragaban por las almas de los apellidados Ena, Sánchez, Guesca, Usieto, del Pueyo, Gil, Bartolomé, Ubieto, Dieste, Cavero, Matte, Villacampa, Alastruey y Carrera. En total, 24 aniversarios. Además se decían 24 misas anuales en sufragio de los Ena y Francés, algunas de ellas pagadas por Pedro Calvo. Más 11 misas por los cofrades del titular San Andrés, cuya limosna cargaba sobre el rector, dean de Jaca; y 12 más que se celebraban por la antiquísima cofradía de San Sebastián, a la que pertenecían varios sacerdotes, vinculados de alguna manera a la parroquia. Todos los predichos sufragios estaban fundados sobre las casas y bienes de sus respectivos fundadores en el mismo lugar. (Un legajo de notas del arch. cat. Jaca).
En el año 1620, tantas veces citado, vivían tres curas del pueblo: Mosen Juan Bartolomé Abay, que estaba de rector en Larués; su sobrino Mosen Juan Bartolomé Abay, capellán y maestro de niños en Borau, y Mosen Juan Diest, beneficiado de la catedrad oscense. Y el cura de Abay en aquellos años era Mosen Domingo Albás, natural de Bellostas (Huesca). Tenía 40 años y había venido para ocupar la vacante que dejó el hijo del pueblo Mosen Bartolomé cuando fue de rector a Larués.